Eres el Coyote y tu mejor versión es el Correcaminos
Adelgazas y ahora quieres marcar. Consigues el trabajo y ahora quieres el ascenso. La meta se mueve exactamente lo que tú avanzas, y el permiso para quererte siempre está al otro lado.
Hay un dibujo animado que explica tu relación contigo mismo mejor que la mayoría de los libros de autoayuda.
El Coyote persigue al Correcaminos. Corre, se lanza, compra artefactos carísimos por catálogo, monta trampas de una complejidad admirable. Y el Correcaminos sigue exactamente a la misma distancia. Capítulo tras capítulo, temporada tras temporada, durante décadas.
Nunca lo alcanza. Ese es el chiste. Y el chiste solo funciona porque el Coyote nunca se plantea que no vaya a alcanzarlo.
El psicólogo Hugo Hernández usa esa imagen para describir algo que hace muchísima gente sin darse cuenta: tú eres el Coyote, y tu yo ideal es el Correcaminos.
Y hay un problema estructural con esa persecución que no se arregla corriendo más.
La meta se mueve
Piensa en cualquier cosa que te hayas propuesto alguna vez y hayas conseguido.
Querías ponerte en forma. Te pusiste. ¿Y qué pasó al llegar? Que el objetivo dejó de ser “estar en forma” y pasó a ser marcar más, o levantar más, o mantenerlo.
Querías el trabajo. Lo conseguiste. A las tres semanas el objetivo era el ascenso.
Querías tener una cita. La tuviste. Inmediatamente querías que hubiera una segunda.
Esto no es un defecto tuyo. Es cómo funciona una mente sana: en cuanto alcanzas un sitio, ese sitio se convierte en tu nuevo punto de partida y el horizonte se recoloca. Es lo que te mantiene en marcha.
El problema aparece cuando has puesto un peaje en ese horizonte.
Cuando el trato interno que tienes contigo es: me querré cuando llegue.
Porque si la meta se recoloca cada vez que la alcanzas, ese “cuando llegue” no es una fecha. Es una zanahoria colgada de un palo que sujetas tú mismo.
El espejo de la feria
Hay una segunda pieza que hace todo esto más difícil, y es que ni siquiera estás midiendo bien la distancia.
Hernández describe la autoestima mal trabajada como esos espejos deformantes de las ferias: magnifican tus defectos y encogen tus virtudes.
No es que te veas horrible. Es más sutil y más pesado. Es que tus fallos ocupan un espacio desproporcionado y tus aciertos se encogen hasta parecer casualidades, cosas que cualquiera habría hecho, cosas que no cuentan porque salieron fáciles.
Así que no solo persigues algo que se aleja: lo persigues desde un punto de partida que crees mucho peor de lo que es. Doble penalización. La meta más lejos de lo que está, y tú más atrás de donde estás.
La prueba del hijo
Para ver la trampa desde fuera, Hernández propone un ejercicio que dura diez segundos y suele dejar callado a quien lo hace.
Imagina a un hijo tuyo. Da igual si lo tienes; imagínalo.
Ahora imagínalo con una vida perfectamente mediocre. Liga poco. Su trabajo no es gran cosa y no va a mejorar mucho. Está fuera de forma. No destaca en nada en particular.
¿Lo querrías menos?
La respuesta es inmediata y no admite matices. Claro que no.
Y entonces viene la pregunta incómoda: si eso es evidente hacia fuera, ¿por qué hacia dentro te parece absurdo?
Porque contigo aplicas un criterio que no aplicarías con nadie a quien quieres. A tu hijo le concederías el valor por existir. A un amigo también. A ti te lo cobras por rendimiento, revisable cada trimestre.
No es que te falte autoestima. Es que estás usando un sistema de tarificación distinto para ti que para el resto de la humanidad.
Esto no va de conformarse
Aquí hay un malentendido que conviene desactivar, porque es donde este mensaje suele torcerse hacia la papilla motivacional.
Nadie está diciendo que dejes de tener metas.
Hernández insiste en que la tensión entre dónde estás y dónde quieres estar es sana y necesaria. Es lo que te mantiene conectado con la vida. De hecho, señala lo que ocurre cuando desaparece del todo: hay gente que al jubilarse se apaga, no porque le falte dinero o salud, sino porque de golpe no queda nada hacia lo que ir.
Perseguir está bien. Perseguir es señal de que sigues vivo.
Lo que no funciona es condicionar el permiso para quererte a haber llegado.
Son dos cosas distintas y se pueden separar limpiamente:
Quiero mejorar esto de mí — sano, útil, motor.
No valgo hasta que lo haya mejorado — imposible de cumplir, porque nunca lo terminas de mejorar.
La primera te empuja. La segunda te cobra un peaje por avanzar, y el peaje sube cada vez que avanzas.
Qué es la autoaceptación en la práctica
Aceptarte no es decidir que estás perfecto. Eso no se lo cree nadie, y menos tú.
Es un trabajo bastante más aburrido y más sólido, con cuatro partes:
Conocerte de verdad, incluyendo lo que no te gusta, sin el filtro del espejo deformante.
Ajustar las expectativas a algo que exista. Hay una diferencia entre exigirte y exigirte una vida que no tiene nadie.
Aceptar lo que no se puede cambiar. Tu altura, tu cara, buena parte de tu carácter, tu historia. Puedes pasarte la vida negociando con eso o puedes dejar de gastar energía ahí.
Seguir teniendo ambición, pero sin que el amor propio esté dentro del contrato.
Ese último punto es todo el asunto. No se trata de dejar de correr. Se trata de dejar de creer que solo mereces algo si llegas.
Y entonces qué
Vuelve al Coyote un momento.
Lo trágico de ese personaje no es que no atrape al Correcaminos. Es que no se le ocurre que podría estar bien sin atraparlo. Toda su existencia está hipotecada a un acontecimiento futuro que no va a ocurrir.
Cincuenta años de dibujos animados y ni un solo capítulo en el que se pare, mire alrededor y piense que el desierto está bonito.
La alternativa no es dejar de correr. Es correr sin haber puesto tu valor como fianza.
Porque cuando el permiso para quererte no depende de llegar, pasa algo que no te esperas: sueles llegar más lejos. Sin el peso muerto de tener que justificar tu existencia en cada intento, los intentos salen mejor.
Y sobre todo, el trayecto deja de ser una condena y empieza a parecerse a una vida.
Sigue tirando del hilo
- El miedo al rechazo no es miedo al “no” (es miedo a lo que ese “no” abre dentro de ti) — La voz que dicta sentencia después de un rechazo es la misma que te cobra el peaje. Cómo funciona por dentro.
- “Si quieres, puedes” es mentira (y te está haciendo daño) — La versión social del mismo error: si todo depende de tu voluntad, no llegar solo puede significar una cosa.
- La trampa de la mejor versión de ti mismo (próximamente) — Toda una industria vive de venderte que estás a un curso de distancia de ser otra persona. Por qué esa promesa se vende tan bien y qué deja detrás.
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Sigue tirando del hilo
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"Si quieres, puedes" es mentira (y te está haciendo daño)
La frase suena a motivación pura. Pero cuando todo depende de tu voluntad, todo lo que sale mal se vuelve culpa tuya. Y ahí empieza el problema.
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