Lo peor que puedes hacer en una cita es intentar gustar
Caes bien a todo el mundo y no le gustas de verdad a nadie. No es mala suerte: es exactamente lo que ocurre cuando te diseñas para no repeler a nadie.
Hay una categoría de persona que todo el mundo conoce y nadie describe del todo bien.
Cae bien. No cae bien de una forma memorable: cae bien de una forma lisa, sin aristas. Nadie tiene nada malo que decir de ella. Tampoco nadie tiene mucho que decir.
Si le preguntas qué música le gusta, le gusta un poco de todo. Si preguntas dónde cenamos, le da igual, donde queráis. Si sale un tema polémico, ve la parte de razón de los dos lados.
Es agradable. Es fácil. Y suele estar sola.
El psicólogo Hugo Hernández lo formula de una manera que parece contradictoria y no lo es: lo peor que puedes hacer en una cita es intentar gustar a la otra persona.
El perfil que quiere gustar a todos
La comparación que usa viene del marketing, y es exacta.
Piensa en un perfil de aplicación de citas escrito para no ahuyentar a nadie. Ya sabes cómo suena. Me gusta viajar. Me gusta reírme. Busco a alguien que me sorprenda. Amante de la buena comida y los planes espontáneos.
No hay nada objetable en esas frases. Ese es el problema: no hay nada de nada.
Ninguna empresa que sepa lo que hace intenta venderle a todo el mundo. Busca un nicho, se dirige a él y asume que el resto del mercado no es suyo. Porque un producto que intenta servir a todos no acaba sirviendo a todos: acaba sin servir a nadie en concreto, que es una manera elegante de no existir.
Con las personas funciona igual. Un perfil escrito para no repeler a nadie no atrae a nadie. Se lee en tres segundos y no deja rastro, porque no ha dicho nada que pueda recordarse.
Lo que ahuyenta no es tener aristas. Es no tener ninguna.
Qué hace la autenticidad de verdad
Aquí está la parte que la gente entiende mal, y es la más importante.
Mostrarte como eres no hace que gustes más. Ese es el eslogan bonito y es falso.
Lo que hace es otra cosa: intensifica las reacciones en las dos direcciones.
A quien es compatible contigo, le gustas más. Y a quien no lo es, le gustas menos, más rápido y de forma más clara.
No estás subiendo tu porcentaje de aprobación. Estás cambiando reacciones tibias repartidas por todas partes por reacciones fuertes concentradas en menos gente. Menos “es majo” y más “me interesa mucho” y “no es lo mío”.
Cuando lo ves así, la conclusión práctica es incómoda pero liberadora: si nadie te rechaza nunca, tampoco te va a elegir nadie de verdad. Las dos cosas vienen del mismo sitio. Ser rechazable es el precio de ser elegible.
Por qué te sale más caro caer bien
Hay una segunda razón para no adaptarte, y es de puro interés propio.
Imagina que la estrategia funciona. Te has mostrado como esa persona cree que quiere, has moderado tus opiniones, has fingido interés por cosas que no te interesan, has dicho que sí a planes que no te apetecían.
Y le gustas.
¿A quién le gusta, exactamente?
Has conseguido que alguien se interese por una versión de ti que no puedes sostener indefinidamente. A partir de ahí solo hay dos finales. O mantienes el papel durante años, que es agotador y es una forma bastante triste de vivir. O el papel se cae —siempre se cae— y la otra persona descubre que se vinculó con alguien que no eras tú.
Hernández lo señala como el destino del complaciente crónico: acabas rodeado de gente que quería la máscara. No es que no te quieran. Es que quieren a alguien que has interpretado.
Y ahí llega la parte que casi nadie anticipa: cuanto mejor te sale el papel, más solo te sientes. Porque cada muestra de afecto que recibes va dirigida a otro.
“Intenta gustarte delante de la otra persona”
La corrección que propone Hernández cabe en una frase, y es de las que se quedan:
No intentes gustarle. Intenta gustarte delante de ella.
Mira lo que hace ese cambio de foco. Deja de haber un examen y pasa a haber una comprobación.
Si tu objetivo es gustarle, cada cosa que dices es una jugada y cada gesto suyo es una nota. Estás monitorizando su cara en tiempo real, corrigiendo el rumbo, calculando. Eso se nota siempre. Se percibe como incomodidad, como falta de naturalidad, como alguien que no está del todo presente.
Si tu objetivo es gustarte a ti en esa conversación, la pregunta cambia por completo. ¿Estoy diciendo lo que pienso? ¿Me estoy riendo de verdad o por educación? ¿Me caigo bien haciendo esto?
Y hay un efecto secundario que resulta casi cómico: gustarte delante de alguien es infinitamente más atractivo que intentar gustarle. Una persona a gusto consigo misma es agradable de tratar. Una persona pendiente de aprobarte el examen genera una tensión que se contagia.
Así que la estrategia que no busca gustar funciona mejor para gustar. Solo que deja de funcionar en cuanto la usas para eso.
El detalle que se pasa por alto: a ti también tiene que gustarte
Hay algo que desaparece por completo cuando entras en modo agradar, y es lo más caro de todo.
Dejas de evaluar.
Si toda tu atención está en si le gustas, no queda ni un gramo de atención para la pregunta que de verdad importa: ¿me gusta a mí? ¿Me lo estoy pasando bien? ¿Cómo me trata? ¿Me interesa lo que dice? ¿Querría pasar más tiempo con esta persona o solo quiero que me valide?
Mucha gente sale de una cita habiendo evaluado exhaustivamente su propia actuación y sin haber dedicado ni treinta segundos a decidir si le interesaba la otra persona.
Eso no es humildad. Es haberse retirado de la elección.
Y tiene un coste que se paga más tarde: acabas en relaciones que no elegiste, sino que aceptaste. Te eligieron y dijiste que sí, porque que te eligieran era todo lo que estabas buscando.
La compatibilidad no se fabrica
Queda un último argumento, y es el que cierra el círculo.
Adaptarte no solo te sale caro a ti. Es que además rompe el mecanismo.
Toda la utilidad de una primera conversación es averiguar si dos personas encajan. Y esa averiguación necesita datos reales. Si el que aportas tú está falsificado, el resultado del experimento no vale nada, tanto si sale que sí como si sale que no.
Hernández insiste en algo que suena obvio y casi nadie aplica: no quieres atraer a alguien con quien no eres compatible. No es un premio de consolación. Es una relación que va a ir mal, con la diferencia de que ahora te va a costar dos años descubrirlo.
Las diferencias que en el enamoramiento parecen graciosas —que sea un desastre, que tú necesites orden, que a él le dé igual llegar tarde— dejan de tener gracia bastante pronto. Y entonces resulta que la información estaba disponible desde el primer día, solo que nadie la puso sobre la mesa porque los dos estaban ocupados agradando.
Mostrarte como eres no es un acto de valentía ni de amor propio, aunque quede bien decirlo.
Es, sobre todo, ahorrar tiempo.
El tuyo y el de la otra persona.
Sigue tirando del hilo
- Las técnicas de seducción funcionan (y ese es exactamente el problema) — Si un guion ajeno te funciona, has conseguido que alguien se interese por el guion. El mismo problema, con manual de instrucciones.
- Eres el Coyote y tu mejor versión es el Correcaminos — Nadie se disfraza desde la tranquilidad. Debajo del complaciente hay siempre alguien que no cree que baste con presentarse.
- El precio de caer bien a todo el mundo (próximamente) — La complacencia crónica no aparece solo en las citas. Cómo se instala en el trabajo, en la familia y en las amistades, y qué la sostiene.
Haz que la siguiente idea te encuentre.
Recibe conocimiento destilado, sin ruido y sin llenar tu bandeja de entrada.
Sigue tirando del hilo
Una idea lleva a otra.
Nadie te pone en la friend zone (te pones tú)
La historia habitual es que ella te metió ahí. La versión menos cómoda es que llevas ocho meses aceptando una relación que no quieres, con la esperanza de que se convierta sola en otra.
Entenderlo ahora“¿Le gusto?” es la pregunta equivocada (y por eso la respuesta siempre te sale que no)
Sales de la conversación y te pasas la noche reconstruyéndola. Buscas el veredicto. El problema no es que no encuentres la respuesta: es que la pregunta está mal hecha.
Entenderlo ahoraEl macho alfa nació en un zoo suizo (y el biólogo que lo popularizó tardó 52 años en retirarlo)
Diez lobos que no se conocían, encerrados en un patio de 200 metros cuadrados. De ahí salió el modelo de masculinidad que todavía te venden en internet.
Entenderlo ahora